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jueves, 2 de diciembre de 2010

Los contrastes de mi vida.

Hoy voy a confesar uno de los rasgos más caracterizadores de mi personalidad: cuando mi mente no está realizando una actividad que implique demasiada concentración, tiene la manía de cuestionar absolutamente todo lo que le rodea para hacerlo maravilloso o, por el contario, desestimarlo llegando, incluso, a aborrecerlo. No suelo ser imparcial ante casi nada y mucho menos ante las realidades sociales.
En ese afán mío por intentar comprenderlo todo, no puede faltar una profunda reflexión acerca de las relaciones interpersonales, porque me fascinan.
Mi concepción acerca de dichas relaciones se puede resumir en una división en dos: aquellas que se establecen en tu vida por el contexto en el que te encuentras, y esas otras que surgen de forma espontánea, sin esperarlas, sin forzarlas a que florezcan.
Las primeras suelen ser la mayoría de las amistades que disfrutamos a lo largo de nuestra vida pero que suelen implicar una contextualización y duración determinada. Es así porque fuera de ese contexto no hay nada más. No llegan a ser autoimpuestas, pero sí forzadas en gran medida. Y no por ello significa que debamos evitarlas, dejarlas a un lado o no disfrutar de ellas, porque en parte también nos enseñan aspectos importantes de la vida y de nosotros mismos. Todas las situaciones implican un afianzamiento de nuestra personalidad, y ya solo por eso merece la pena.  No podemos desecharlas porque la mayor parte de nuestro tiempo lo compartimos con este grupo de personas, y esa es la razón primera por la que en un momento exacto de nuestra trayectoria los llamemos “amigos” y así sintamos que lo son.
Sin embargo, la vida no es un trayecto inmutable y su heterogeneidad es la que nos enseña la verdadera realidad de dichas relaciones, y es triste que después de un tiempo se mantienen precisamente por la nostalgia de un pasado compartido y que marcará en qué quedará todo: en un recuerdo feliz. Y es que, “yo soy yo y mis circunstancias”, pero si cambian mis circunstancias, cambia mi yo.
Es por esta concepción algo pesimista, que en ningún caso pretende desprestigiar a aquellos que optan por este tipo de relaciones, que establezco un segundo grupo de conexiones sociales mucho más importantes bajo mi perspectiva, pero que en muchas ocasiones se dejan pasar por alto. Me refiero, sin duda, a las relaciones que establecemos con aquellas personas que son inmensamente especiales. Relaciones como el amor, por ejemplo, pero también otras no tan obvias.
Creo que para poder compartir conmigo esta visión de la amistad hay que partir de un sentimiento poco realista del yo (y sus implicaciones) y de una necesidad, y es la de buscar en la otra persona una visión y unas experiencias no vividas por uno mismo. La necesidad de escuchar horas y horas a la otra persona, dejándote sorprender por todo eso que no entraba dentro de tu concepción acerca de la vida; convirtiendo, sin darte cuenta, sus palabras en tu conciencia, sus aspiraciones en tus mejores deseos, su vida en parte de la tuya.
Y sin darte cuenta te sientes orgulloso porque formas parte de su vida y os hacéis cómplices de los fracasos y, sobre todo, de las victorias. Sí, eso es lo más importante, porque un mínimo de cariño permite sentir lástima, pero abrazarla por haber logrado una meta implica abandonar por completo la naturaleza envidiosa del ser humano. Y es tan difícil lograrlo, que ¡cómo desaprovechar la oportunidad cuando la tenemos ante nuestros ojos! Pero así es, las desaprovechamos, porque la vida nos suele poner trabas para ello. Nos oculta lo que realmente nos hace felices mediante obstáculos superfluos, con una burda máscara que tememos quitar. ¡Qué ingenuo es el ser humano y qué miedo más absurdo sentimos por las cosas que merecen la pena!
Lo difícil no es saber diferenciar entre un buen amigo y otro pasajero, lo complicado es darnos cuenta que la riqueza de una amistad radica en los contrastes, aunque sean muy "llamativos", mientras exista una irrepetible complicidad.

Hoy escribo esta entrada reivindicando la belleza de las relaciones humanas, uno de los procesos más hermosos de esta vida y sin duda el más complejo y místico de nuestra existencia. Escribo esta entrada para agradecer a mi mente que lo cuestione todo, pues con su ayuda disfruto de unos "llamativos contrastes" con los que compartir mi vida.

miércoles, 24 de noviembre de 2010

El concepto trágico del amor.

Regálame la clave exacta para quererte en tu justa medida, para no sobrepasarme ni quedarme corta. Porque tú eres así, exacta, sin dar cabida a la originalidad, a la espontaneidad.
Eres el reflejo de mi confianza, de esa que nunca tuve en mí, pero tú eres demasiado exacta y te conformas sólo con que te quiera. Yo no quiero quererte, yo quiero ser especial siempre y que tú lo seas para mí. Pero no das cabida a la originalidad. Entiende que yo soy obsesiva y no puedo cambiar; yo quiero hasta reventar o no llego a querer. Y te quiero hasta un grado supremo. ¿Es ese el problema, verdad?
Ya sé que soy injusta contigo, pero sino lo sería conmigo, y mi grado de egoísmo aún no me permite auto mentirme para agradarte. Pero no te preocupes, puedo entenderte si eso es lo que necesitas.

Representas mi lucha por intentar renovarme, un concepto, una frustración, una ruptura de expectativas. Sí, sobre todo eso, has destrozado mis expectativas. Siento ser así y siento que tú seas todo eso. Todo sería mucho más fácil si esa utopía de que el ser humano es racional fuera cierta. Pero las actitudes de mi persona no son lógicas, ni de la tuya.

Igualmente te agradezco que me quieras.
Si el amor es racional, tú eres ilógica; si el amor es irracional, tú eres demasiado lógica.
El concepto trágico del amor en todas sus vertientes, no pasional. Amor a una madre, amor a un amigo, amor a un amor; amor a ti. El egoísmo del amor, el amor abstracto.
AMOR, AMOR, AMOR. La vida es amor y no existe otra razón para la existencia humana.

"Que una persona no nos quiera como esperamos no significa que no nos quiera con toda su alma..."

jueves, 5 de agosto de 2010

Once minutos.

Creo que lo mejor de los libros no es las historias que cuentan, sino las interpretaciones que hacemos de ellas y cómo nos cobijan cuando nadie más puede, cuando buscamos a alguien que nos comprenda y es imposible; cuando necesitamos una vía de escape en nuestra vida. Supongo que por eso me gusta escribir, porque me permite una doble posibilidad: a la vez que saco fuera de mí mis propios fracasos, mis alegrías o mis frustraciones, consigo crear una vía de escape para quien me lee, que se siente identificada aunque nuestras historias sean totalmente opuestas. Cree en ello porque necesita creer en algo, porque está perdida o confusa y quiere sentir que existen más personas que se sienten igual que ella. Ocurre con todo aquello que siendo ajeno a nosotros nos hace sentirlo nuestro, como la música. Y eso es lo que a mí me parece misterioso y bello.

Como complemento a todo esto, solo me gustaría mencionar algunas ideas que he extraído de un libro que ayer mismo terminé y del que ya dejaba algunas pinceladas en la entrada anterior. Se trata del libro "Once minutos", de Paulo Coelho.

El libro cuenta la historia de una chica brasileña que decide trabajar como prostituta por su cuenta y riesgo en Suiza, guiada por una serie de decisiones erróneas que la llevan hasta allí, sin darse cuenta de que su futuro, realmente, está en sus manos, y que las decisiones no las toma el destino por ella, sino que en su mano está realizar sus sueños.
Como he dicho anteriormente, los libros son mágicos porque nos permiten crear nuestras propias interpretaciones, y así lo he hecho yo con este. Y es que, ¿acaso no es nuestra vida así? A veces (muy a menudo) tengo la sensación de que ignoramos que tenemos en nuestras manos la capacidad para ser felices, pero casi siempre dejamos escapar las oportunidades porque nos da miedo afrontar cambios, porque es más fácil someternos a lo que ya conocemos. Lo malo es que la vida no es como nos la han contado, y es una gran mentira que los sentimientos no se pueden controlar. Sí que se pueden controlar, modificar, someter, reprimir. No tenemos más que pensar en todos los momentos que hemos dejado pasar, todos los abrazos que no hemos llegado a dar, las palabras que jamás dejamos salir, las lágrimas que nadie vio nunca. El problema es que eso es lo que nos hace ser más inseguros y menos felices, controlar nuestros sentimientos, es lo que nos desgasta por dentro. El mismo hecho de saber que el destino no lo controla nadie ni nada por nosotros, somos nosotros los que construimos nuestro futuro, los que sentamos las bases de nuestra existencia; pero nos cohibe el miedo, nos aterra ser felices, por paradójico que suene. El ser humano es inseguro por naturaleza.

Nuestra vida, en algunos momentos, es como la de esa chica que tomó mal sus decisiones y pensó que no había marcha atrás, sin darse cuenta de que la vida, ya de por sí, nos regala un amplio abanico de oportunidades.

jueves, 20 de mayo de 2010

El error es vivir esperando...

Nunca me he considerado una persona rencorosa, pero hay cosas sensaciones, situaciones... que no se olvidan. Son hechos que, aislados, pueden carecer de gran importancia, que simplemente son baches, pero que, sin embargo, son nuestros grandes maestros, ellos te endurecen o te ablandan.
Hace poco alguien me dijo que había cambiado, pregunté porqué y no supo que contestarme, su conclusión fue, que, tal vez, simplemente había cambiado su percepción sobre mí. Esto me dió que pensar, me sigo considerando más o menos la misma persona pero si vuelvo la vista hacia atrás (y tampoco he de retroceder tanto...) me doy cuenta de cuanta razón tiene.
En este último año he aprendido mucho. No puedo decir que haya tenido una mala experiencia que me haya hecho endurecerme (sólo los típicos altibajos que puede tener cualquier persona), pero sí he conocido a mucha gente: personas que no había visto en mi vida, otras de las que no me había percatado e incluso gente que siempre estuvo ahí. Creo que de todos vosotros he aprendido algo, tal vez por conversaciones, tal vez por hechos, tal vez por ser simplemente como sois, cada uno tiene su visión del mundo, y cada uno me ha hecho ver las cosas de distintas maneras para poder llegar a verlas de la mía propia.
Por el camino he perdido cantidad de cosas, no materiales, se ha ido la confianza que en algún momento hubo. Pero también he ganado, me habéis enseñado.
He aprendido que todo el mundo miente y que, como aquel que dice, no es oro todo lo que reluce. He escuchado tantas versiones de una misma historia que hasta me dan pena los protagonistas. He descubierto que la basura existe y que los basureros no se preocupan por las ratas. He comprobado la velocidad del sonido gracias al "de boca en boca". He decepcionado, estoy segura, y me han decepcionado, por descontado. He llegado a un límite y he dado la vuelta, ahora soy yo, ayer, y mañana. No hay más remedio que aceptar las cosas tal como vienen, no queda otra que dejarlas estar...no, prefiero ponerme a prueba, gracias. He dejado de creer en muchas cosas, pero siempre está la excepción que confirma la regla...
Aunque también he aprendido que toda experiencia merece la pena, que hay conversaciones que enamoran, que fascinan, aunque sean de la mayor estupidez del mundo, a ver quien suelta la burrada más grande, largos paseos, fotos, canciones y más canciones, textos y más textos, minimalismo.....
Y lo que me queda....porque hay gente a la que echo de menos y gente a la que no... y porque otras veces, lo que echo de menos, son las sensaciones.


y la solución... vivir sintiendo.

lunes, 12 de abril de 2010

Entre falsetes y silencios...

A veces me da por pensar que vivimos sobre un pentagrama musical. Presos en una red de cinco líneas presidida por la clave de todos nuestros actos; la luz del día. Más allá sostenidos en o entre líneas y símbolos (estúpidos humanos, aplicado a la vida) que alteran el tono, aumentan o reducen el intervalo y crean armonías asonantes. O rimas desquiciantes.

Así que ojo, se ha dicho. Atentos a las semicorcheas en forma de tren desbocado terminando en tresillo. Toda obra tiene su parte complicada; como la vida de cada uno, vaya. Pero la amplia ligadura que enlaza primera y segunda frase, el antes y el después, el hoy y el mañana, no se puede romper. Perdería la canción coherencia, expresión.... Ritardando provocado, en lenguaje musical y Parón y media vuelta se dice en la calle.




Pero han ido a dar con la más tonta. Me han elegido a mí para interpretar la propia sinfonía de mi vida, o de la nuestra; no he pensado enfoque todavía. Lo que sí sé es que no será nada lento. Más bien un moderato con fines de semana en swing. Síncopas de ponche con cola y platillazos cerrando compás. Una locura: timbales, viento madera retumbando, xilófonos valientes, cajas, bombos. Y de repente el dulce solo del niño. Paz, tranquilidad: dos días, a lo sumo tres. El arco del contrabajo en ataque de histeria, la tuba afónica con ganas de revancha, cuatro gotas de arpa, tambores, triángulo, redoble… y A Tempo.


Y la vida, como el baile, cuestión de agarrar el ritmo.

viernes, 26 de febrero de 2010

Arriesgar, tan fácil como eso, o ¿no?...



Pares o nones. Piedra, papel o tijera. Lanzar un dado al aire. Elige: ¿izquierda o derecha?

A veces no resulta todo tan fácil como un juego pero sí que se persigue el mismo objetivo: la meta. Ganar con tu apuesta. Que el papel envuelva la piedra todopoderosa que se carga a las tijeras que nos daban en el cole para recortar cartulina; una desfachatez de tijeras a prueba de subnormales (el que consiguiera cortar por el borde merece extenso reconocimiento). Los dados que se empeñan en 'trucarse' con tal de joderle a uno la suerte que le brinda el cubilete. Y cuando te dan dos manos a elegir siempre te decantas por el malo; o el menos bueno, siendo optimistas.

A veces la vida se resume a eso: juegos de niños. ¿Qué sería de nosotros sin la avaricia y el temor a perder? Porque eso es lo único que incrementa las ganas de jugar: perder; perderlo todo. Bancarrota, o quiebra, que le llaman ahora.

El problema es que quien no apuesta no gana y únicamente el afán del gran panel con exquisito bote acumulado para ganar es lo que nos hace tragar saliva y decidirnos a lanzar los dados, casi con ganas de que todo se lo lleve el viento...

Yo lo tengo claro. El trepidante juego infantil en el que se ha convertido mi día a día no permite bajas por depresión. Se parece a Jumanji pero sin peligro de muerte. No saldrá una jungla de un tablero pero sí estás obligado a jugar. Y como en una buena película de domingo por la tarde, sabes que acabarás ganando. ¿Se imaginan que Jumanji se tragara para siempre a los protagonistas? ¿Qué gracia tiene eso?

Los juegos de niños son, entonces, sólo metáfora. Y a veces ni siquiera pueden jugar los niños. Casinos, ruletas; todo al rojo. Si se gana, se gana. Y si no, también. Ahí está el verdadero secreto de los grandes divertimentos: incluso aquel que pierde está contento de tener con quién jugar.