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viernes, 30 de julio de 2010

Sé que hace mucho tiempo que no escribo... muy mal por mi parte, aunque supongo que será porque no he tenido nada interesante que contar o he estado demasiado relajada. Hace un tiempo pensé que debía hablar sobre mi evolución personal durante el trascurso de este año, pues hemos de recordar mi primera entrada, que explicaba cuál era el fin de este blog. Pero como todo en la vida que se planea con antelación suele enredarse y seguir un camino natural que poco tiene que ver con el establecido, y a mi ni me apetece ser pesada contando todo lo que me ha aportado este año, ni tampoco creo que haga falta por cómo se han ido desarrollando las entradas.
Así que con este breve inciso, había pensado en escribir el fragmento de un libro que me prestó una amiga y que dicta así:

"- Según Platón, al principio de la creación, los hombres y las mujeres no eran como son hoy; había sólo un ser, que era bajo, con un cuerpo y un cuello, pero cuya cabeza tenía dos caras, cada una mirando en una dirección. Era como si dos criaturas estuviesen pegadas por la espalda, con dos sexos opuestos, cuatro piernas, cuatro brazos.
Los dioses griegos, sin embargo, eran celosos, y vieron que una criatura que tenía cuatro brazos trabajaba más, dos caras opuestas estaban siempre vigilantes y no podían ser atacadas a traición, cuatro piernas no exigían tanto esfuerzo para permanecer de pie o andar durante largos períodos. Y lo que era más peligroso: la criatura tenía dos sexos diferentes, no necesitaba de nadie más para seguir reproduciéndose en la tierra.
Entonces, dijo Zeus, el supremo señor del Olimpo: "Tengo un plan para hacer que estos mortales pierdan su fuerza".
Y, con un rayo, partió a la criatura en dos, y así creó al hombre y a la mujer. Eso aumentó mucho la población del mundo, y al mismo tiempo desorientó y debilitó a los que en él habitaban, porque ahora tenían que buscar su parte perdida, abrazarla de nuevo, y en ese abrazo recuperar la antigua fuerza, la capacidad de evitar la traición, la resistencia para andar largos períodos y soportar el trabajo agotador. A ese abrazo donde los dos cuerpos se confunden de nuevo en uno lo llamamos sexo."

Paulo Coelho. Once minutos.